La cuidadora Fragmento

Pártela, le dice, y pone su índice enjuto sobre el mazo de cartas que ha estado mezclando el último cuarto de hora. Luisa responde que no, señora Maca, que no, pero la vieja insiste, y le pellizca el brazo cuando se levanta y le dice venga, anda, pártela. Antes la vieja la miraba, se hacía la concentrada en la baraja pero Luisa sabía que la analizaba. Con sus uñas rojas, descarapeladas de las puntas, y los ojos llenos del rímel que hace que la vecina le compre con el dinero que le dejan para las emergencias.

Luisa duda, porque a veces piensa que la mala suerte llegó el primer día en que aceptó venir a cuidarla. Anda, niña, le dice y por fin Luisa cede, y saca una de las cartas que tiene la esquina doblada: la figura del Ermitaño. Otra, saca otra, le ordena y entonces saca también la Torre. Ahhh, dice la vieja, y Luisa se estremece. Las manos empiezan a sudarle y las esconde bajo la mesa con un movimiento discreto, esperando que la vieja no se dé cuenta, pero ella sonríe. Sus encías ennegrecidas le recuerdan la primera predicción. Las macetas rotas, desperdigadas, el brazo de Tamara cubierto de tierra y sangre, y la visita de emergencia a la clínica del barrio para que le pusieran los puntos. La escalera se había doblado de una de las patas con la caída y no habían podido volver a usarla.

Se levanta, le quita el plato que tiene delante, lleno de sobras de lentejas y le dice mire, no comió nada, y la vieja arruga la boca y agita la mano como si estuviera espantando moscas. Luisa había pensado en cancelar la visita, pero la plata le hace más falta que nunca. Ahora que se viene el parto de Tamara, el pago del hospital. Entonces dijo que sí, que estaría ahí a las ocho como el mes pasado. No se preocupe, le había dicho a la voz rasposa del otro lado del teléfono, que debía ser el hijo, o el nieto, que hablaba siempre en los momentos menos oportunos: cuando Luisa preparaba la cena, o bañaba a Daniela, y tenía que pedirle a Tamara que se hiciera cargo mientras ella apuntaba la lista de medicamentos y los horarios de doña Maca sobre la factura de electricidad.

Luisa arroja el resto de las lentejas en el fregadero y deja que el chorro de agua se las lleve. Después le pone la pastilla de la presión sobre una servilleta y le arrima el vaso de agua para que se la trague, pero la vieja la ignora, le dice que para que la nueva bebé se logre tendrá que deshacerse de alguien, que de nada sirve cargar con el peso de otra mujer. Luisa voltea a ver el bolso que dejó sobre la silla del salón, porque cree que la vieja estuvo hurgando en su cartera mientras tendía la cama, pero el bolso no parece haberse movido. Mira, fíjate bien en esta carta, continúa la vieja, y levanta la Torre. ¿Tú crees que esta carta miente? le pregunta, mirándola fijamente a los ojos. Luisa observa las pupilas vidriosas de la vieja y siente que un frío le recorre la nuca. Bueno, doña Maca, ya vamos a tomarnos las medicinas, pero la vieja no le quita los ojos de encima y Luisa empieza a sentir miedo por Tamara, por Daniela, como si la vieja pudiera hacerles daño.

Toma la pastilla entre los dedos en un intento de hacer que la vieja se olvide de la lectura. Tómese la pastilla, le dice, y le soba la espalda como hace con otros pacientes, pero la vieja se resiste. Ande, tómesela, y se la pega a los labios pero ella los aprieta, como si fuera un juego, y voltea la cabeza para evitarla. No sea así, doña Maca, y la vieja responde que se traga la pastilla sólo si escoge otra carta. No, no más cartas, responde Luisa, porque no quiere escuchar más a la vieja, sino acabar cuanto antes la jornada y llevarse el dinero que le dejan en el tarro de cerámica. Se echa unos pasos hacia atrás, pero cuando la vieja le extiende la baraja le resulta imposible rechazarla. Observa sus manos moverse, como si fueran las de otra persona, sus dedos toparse con los de la vieja, con sus nudillos debajo de la piel deshilachada. El Colgado. [...]

El cuento completo aparece en Daughters of Latin America — HarperCollins, 2023