El cómplice Fragmento
El celular suena todas las madrugadas a la misma hora. Lo sé porque el reloj es lo primero que miro en cuanto abro los ojos. Sé que es Luisa, que no se le ha quitado la mala costumbre de despertarme para desahogarse. Pero ahora ya no le contesto. No sé quién le dio mi número, quién le da mi número cada vez que lo cambio para que deje de llamarme. Todas las madrugadas. Siempre a la misma hora. A veces incluso me despierto unos minutos antes de que empiece a llamar. Me levanto a mear y busco un vaso de agua en la cocina porque ahora en invierno traigo siempre seca la garganta. Me siento en la silla que puse junto a la ventana para ver pasar a la gente desde arriba. Entonces el Nokia suena. Vibra en el taburete que está junto a la cama. Se enciende. Me reclama.
Es el pequeño juego que tenemos. Luisa llama y yo no le contesto. Para qué. No quiero buscarme problemas. Pueden estar escuchando y cualquier cosa que diga la van a usar en mi contra. Como le hicieron con Luisa, con su mamá. Aun así, dejo que suene para que sepa que todavía estoy del otro lado. Que llame las veces que necesita y luego, cuando ha podido sacarse todo del pecho, vuelvo a dormirme hasta las seis. Caigo rendido, ni sueño. A la mañana siguiente me levanto y me pongo la ropa del trabajo. Con las prisas, se me olvida que ha llamado. No pienso en ella. No pienso en nada de lo que hicimos. Ni en las muñecas laceradas por las amarras. Ni en las bocas amordazadas. Ni en las súplicas. Pasaron ya tantos meses que a veces creo que esas imágenes son de otra vida. Una más alebrestada. Buenos tiempos. Luisa andaba de atrabancada y yo le seguía todos sus rollitos. Era nuestra forma de querernos. Pero ya no. Busco una coca en el refri y un pedazo de pan. Bajo corriendo las escaleras antes de que la vecina saque a pasear a su perro porque no soporto encontrármela, con su saco de oficina y sus preguntitas de mierda. «Where are you from?», «when did you move here?» Mejor hago como que no le entiendo nada y le digo que no, que no y que goodbye.
A Jordan no le gusta que ponga los muslos junto a los chorizos. Da igual. Pinche Jota. Igual nadie compra los muslos porque siempre están rancios y pasados. Marcos y yo nos reímos, en silencio, a sus espaldas. Él ya se las sabe todas porque entró a trabajar hace dos años. Fue él quien me enseñó a dejar los cortes de Angus en la nevera de atrás y, cuando Jota pregunta, decirle que no nos llegaron. Así él se enfrasca en discutir con los proveedores y nos deja a nosotros tranquilos en el mostrador. Podemos atender a las muchachas que vienen temprano, con niños y sin niños, con burka o entaconadas. Hay una que me llama la atención, que usa una peluca con fleco que hace que se parezca a la de Pulp Fiction. Vino esta mañana. Marcos ya sabe que cuando viene, me toca a mí atenderla. Le separo los filetes, los más delgados, y se los envuelvo en un papel de los nuevos. No sé si habla inglés o no, porque es su amiga la que ordena por ella. «Shank», me dice, «chuck». Le ofrezco costillas y T-Bone, pero su amiga me los rechaza. Igual ella me mira, con sus ojos cafés almendrados, y con eso me basta para regalarle un pedazo de tenderloin, para que pruebe una carnita de la suave. Se lo meto en la bolsa sin que se dé cuenta mientras Marcos termina de cobrarles. Ya después que me lo agradezca. [...]
El cuento completo aparece en El crimen