El fin del verano Fragmento

1

Me arrancó de su brazo. Yo quería quedarme más tiempo y esperar a que Nina se despertara. Pero no había terminado de amanecer todavía así que tuvimos que hablar muy bajito, y tuvimos que abrazarnos, Alba y yo, abrazarnos mucho. Ella me dijo: Mi niña, deme un besito, venga, la persigno, y se soltó con sus oraciones a los santos: san Pedro, san Miguel, cuida a mi niña, cuídala mucho, a las dos, cuídalas, y las piernas de mamá se desesperaron. Alba siguió persignándome. En la frente sentía sus dedos fríos y arrugados, y su olor a talco. Me dijo: Pórtese bien, mi niña, sea buena, acuérdese de lo que le he enseñado. Los ojos se me cerraban un poquito, se me cerraban cada vez que me pasaba las manos por la frente, y también por los labios para que se los besara. Luego se levantó y se acercó a mamá para bendecirla, pero ella no dejó que le hiciera la señal de las cruces. Y ahí se quedó Alba, los rulos de pelo haciéndonos adiós desde la puerta: ¡Que Dios te guíe!, ¡que Dios te acompañe, Elena!, le gritó a mamá. Bajamos corriendo por las escaleras, la mano de mamá bien apretada, parecía que sus uñas iban a atravesarme el brazo, y cuando nos subimos al coche, todavía me dolían.

Muy rápido me amarró a la sillita. El cinto me apretó el pecho y quedé prisionera, las piernas con el pijama de corazoncitos colgando. No jales el cinto, no lo toques, que se está poniendo muy flojo, me ordenó. Seguí a mamá con la vista, a la nuca de mamá que se sentaba frente al volante, muy derechita, y escuché que el coche se encendía. Empezaron a arrullarme los saltitos del motor contra la ventana, pero luché por mantener los ojos abiertos, porque ya sabía que había algo distinto, porque esas prisas no eran como las que llevábamos siempre, nunca antes habíamos salido tan temprano, ni en los días de escuela, yo a la escuela siempre llegaba tarde, aunque sonara la alarma, y los otros niños sí llegaban a tiempo. Pero yo no. ¿Hoy es día de escuela?, le pregunté. Sí, pero no importa. Ya no vas a ir. Dio un volantazo que me lanzó hacia la izquierda, el hombro contra la puerta, y en la cajuela se escuchó rebotar nuestra casa, que mamá había guardado, muy apretada, en unas bolsas negras de plástico.

¿Cómo que no iba a volver a la escuela? ¿Cómo que no? Aún no acabábamos de leer la historia de los pingüinos, del pingüino Pepe que se había perdido en la jungla, y la jungla no era su hábitat. Su hábitat era más bien la tundra, pero con todo eso del global warming, su iglú se había derretido, y había terminado entre los monos, que trataban de ayudar a Pepe a encontrar a su hermano (el más pequeñito, el que tenía el pico más rojo). Y nos faltaba un capítulo, el del final, el que nos iba a leer la maestra, y yo no podía perdérmelo, quería saber qué le pasaba a Pepe.

Mamá estaba atenta a los coches que la rebasaban y aproveché para aflojarme un poco el cinto. Sentí unas gotitas de sudor en la espalda. Me había puesto la chaqueta de invierno sobre la pijama, porque esa no cabía en las bolsas ni en las maletas, era demasiado estorbosa, y empecé a sentir mucho bochorno. Me toqué la frente. Mamá, ¿estoy enferma?, le pregunté, con la voz bajita para no distraerla. No. Temí que fuera a llevarme al doctor de las jeringas, ese de las manos gordas que le gustaba pincharme. Al que había que decirle que no me había dolido, aunque sí, para que me regalara una paleta, para que al final me regalara un dulce y yo pudiera irme chupándolo.

Mentirles a todos. A mamá. A papá. A la maestra cuando me preguntaba: Are you sleeping?, porque me quedaba dormida en la banca, con la baba salida. En casa dormir me estaba costando mucho. Mamá se despertaba llorando, y me decía que era yo quien la despertaba, porque la pateaba, porque la cama era chiquita, y que quería una cama nueva, para que pudiéramos dormir separadas y yo no la pateara. Pensé que a lo mejor todo esto de salir tan temprano era un castigo por haberla pateado tanto. Mamá, ¿estoy castigada? No, respondió, y apretó el volante. Todavía no. Mejor duérmete, anda. Cierra los ojos, no me pongas los nervios de punta.

Pero los nervios picudos ya los traía. Decía mierda, con cada coche que se le atravesaba, ¡mierda!, yo había oído demasiadas veces esa palabra salir de su boca y ya no me sorprendía. Aun así, la repetí en voz bajita. Moví los labios y la lengua y dije: Mierda mierda mierda, tres veces, y me asusté al pensar que mamá se había dado cuenta, pero solo me pidió que le alcanzara la bolsa de mandarinas del asiento de junto.

Entramos en la autopista. Me pareció que íbamos camino a casa de papá y de Susan, aunque hoy no era su día, me habían tenido hace poco y hoy no les tocaba. Les había ayudado a poner unos globos rosas alrededor de la alberca para la fiesta de Susan, que iba a cumplir veintinueve, lo cual era mucho, pero al parecer todavía no se le notaban, porque era muy guapa, y muy rubia, eso era lo que todos decían. En el jardín habíamos puesto ocho mesas, y un toldo, y unas periqueras, que eran sillas con las patas muy largas, para la gente a la que le gustaba sentarse alto. Ya sabía que nada de eso debía emocionarme, nada que viniera de esa casa, pero a veces se me olvidaba quitar la sonrisa. Y me cubría la boca, y mamá me preguntaba: ¿Por qué te cubres la boca?, y yo le decía que había olvidado lavarme los dientes, y corría al baño y me llenaba la boca de pasta, y la pasta me picaba porque la menta era fuerte, pero ese era el precio que me tocaba pagar.

Un buen rato me quedé pensando en el regalo que le había hecho a Susan: un dibujo con veintinueve tréboles de cuatro hojas que le iban a dar mucha suerte en la vida. Lo había escondido en el armario de los vinos de papá, detrás de una botella polvosa que decía Viña Santa Rita. Mark me había seguido hasta el escondite, pero yo lo había empujado para que se fuera, porque a Mark no había que enseñarle nada. Él siempre revelaba los secretos. Era muy pequeñito, usaba pañales, y no entendía. No sabía lo que eran las sorpresas, ni contar bien el tiempo, y por eso, aunque la regla era media hora de tele cada uno, yo le decía que ya se había acabado su turno, aunque solo hubieran pasado diez minutos.

Miré hacia fuera y me di cuenta que mamá se había pasado la salida. Mamá, ¡te la pasaste!, grité. Supe que me había escuchado porque me dijo: Lara, duérmete ya, no grites. Pensé que tal vez iríamos por el otro camino, porque para ir a casa de papá había dos salidas: la de Hardy y la de San Felipe, y ninguna de las dos costaba, nosotras no teníamos la pegatina esa que se ponía en la parte alta del parabrisas que te dejaba ir por los caminos cortos. Fui contando las salidas, viendo cómo los letreros verdes se iluminaban con los faros de los coches. Mamá aceleró, y se fue metiendo en el carril de la izquierda, junto con los trailers, y entonces nos pasamos también San Felipe. Me pareció raro, muy raro, y me jalé el cuello de la chaqueta que me seguía asfixiando.

El cielo empezaba a ponerse azulino. Miré los campos y las vacas, y los rollos gigantes de paja que papá decía que se llamaban fardos. Las vacas negras dan leche. La leche sirve para hacer el queso. El queso, queso, quesoliiiiita… se siente la ternera cuando llega la noche, la ternera llora, llora por sus penaaaaaaaas. Otras canciones también se me ocurrieron, como la de baila la cabra, la que tiene tres patas, pero mamá avanzaba muy rápido y con todos los volantazos me desconcentraba. Afuera se repetían los postes y las casas con bandera y sin bandera, y las iglesias del dios presbiteriano y del dios episcopal. Sentí mucho asco. La boca se me llenó de saliva, aunque no había curvas, a mí las curvas siempre me mareaban, pero esta vez parecíamos ir en una línea infinita. Mamá me alcanzó una mandarina de la bolsa. Estaba agria y tibia y no pude ni siquiera terminármela.

Después de muchas horas, paramos en una zona de descanso para estirar las piernas. Mamá me quitó la chamarra de peluche que me había estado ahogando todo el trayecto. Me bajé despacio y dejé que el aire me regresara un poco al cuerpo. Entre los árboles había un poste altísimo con un anuncio de unos niños gigantes lanzándose por un tobogán rojo: COME JOIN US! FUN IS JUST AROUND THE CORNER! Los niños tenían las bocas abiertas y parecía que nos apuntaban, a mí y a mamá.

Se me ocurrió en ese instante que a lo mejor nos estábamos yendo de vacaciones, como hacía la gente que se estresaba mucho, que de tanto estrés se enfermaba, como se había enfermado la mamá de Nina, y el doctor las mandaba a la playa a caminar en la arena y a tomar el sol, aunque luego igual terminaran muriéndose. Yo solo una vez había ido a la playa, con papá y con Susan. Mark no había nacido todavía, seguía en su panza, en la panza de Susan, que era pequeña y redonda como una aceituna. Pero ese mar era lodoso y no turquesa como el de las películas, y no supe por qué a la gente le gustaba tanto, si la arena se te metía entre las nalgas y te las rozaba todas, y los ojos te ardían, y la crema solar te ardía, y más tarde la piel también te ardía, y se te ponía roja y tostada, la mía así se había puesto y fue por eso que mamá supo que me habían llevado. Y se armó la bronca. Porque qué clase de gente se llevaba a los niños a la playa a que se insolaran. ¿Eh?, ¡qué clase!, la imitaba después Nina, cuando nos poníamos a jugar a las insoladas.

Mamá, ¿estamos de vacaciones? No. Afuera el sol me quemaba los hombros debajo de la pijama, pero la mano de mamá se sentía muy fría. Anduvimos por el pasto, donde unos hombres comían sándwiches de jamón sobre unas mesas de picnic. Amarrado a la mesa había un perro negro, muy peludo, con la lengua salida. Alargué la mano, pero mamá no dejó que lo tocara. Yo quería tener un perro, pero era alérgica. Todos mis compañeros tenían un perro, un gato o un pez, y hasta Billy tenía un hurón que se llamaba Stella, y lo había llevado a clase dos veces, y yo era la única que no tenía nada.

Mamá había tenido un perro llamado Fritz, pero tuvo que regalarlo cuando yo nací porque me llenaba de ronchas. No me acordaba de él, pero habíamos pegado una foto en el refri donde mamá era más joven y lo estaba abrazando y sonreía. No teníamos más fotos en el refri, solo esa y una postal que mamá había comprado en el Museo de Bellas Artes, donde había mucha gente tomando el sol en una playa, unos boca abajo y otros boca arriba, y unas viejitas untándose bronceador en las piernas, y una pareja de pelo rizado sentada cerca del mar. Mi personaje favorito era la chica con una bomba de chicle que le cubría la mitad de la cara, y a veces imaginaba que el hombre de pelo rizado caminaba hasta ella y le decía: Hey, what's your name?, y ella volteaba la cabeza y lo ignoraba porque era bonita, y pensaba que podía conseguir algo mejor.

Entramos a los baños de esa parada, que parecían cuevas antiguas. Había gotitas de humedad colgando del techo que amenazaban con caer en la cabeza de mamá, y tal vez en la mía, y manchas de graffitis por todas partes. No toques nada, me ordenó ella. Me entregó una bola enredada de papel higiénico. Cerré la puerta del retrete con la mano derecha, porque es la que menos usaba, y luego me puse de aguilita para hacer pis, y escuché la voz de mamá recordarme: De aguilita, y la aguilita iba muy bien para hacer pis, pero no tan bien si me daban ganas de más, así que apoyé la nalga en la taza, y sentí una gota fría mojarme el cuello y resbalar por mi espalda.

Por debajo de la puerta se veían los zapatos negros de mamá. También tenía unos rojos de fiesta, pero esos casi no los usaba, y las piernas de al lado llevaban unos tenis como los que Susan se ponía para ir al gimnasio, para cuidar la figura después del parto de Mark. Mamá se secó las manos y me preguntó si me había sentado, y yo le respondí que no, porque una sola nalga no cuenta, y me lavé las manos con un jabón que olía a fresa, pero no era de fresa, Nina y yo ya habíamos probado el de Alba, y después tuvimos que enjuagarnos varias veces la boca.

Observé a la dueña de los tenis pintarse los labios frente al espejo. El pintalabios era rosa y hacía que los labios se le vieran muy grandes, y me atreví a decirle: I like your lipstick, y ella volteó a verme y me sonrió, pero luego mamá le hizo una cara muy seria, y la señora tiró el papel con el que se había secado las manos en la basura, y se apresuró hacia la salida. Entonces mamá se agachó y me tomó ambas manos. Me dijo: Mírame. Y yo la miré. Su cara estaba tan cerca que pude oler su aliento agrio desde donde estaba. En este viaje no hablas con nadie, ¿entiendes?, y me miró como cuando quería asegurarse de que había entendido que no debía meter los dedos a los enchufes. Asentí.

Salimos y estiré los brazos tratando de alcanzar el cielo, y luego me tiré boca arriba sobre el pasto y me agarré los tobillos con las manos, como hacían los alumnos de yoga en el estudio que estaba junto a la escuela. Mamá me dijo que no hiciera eso, que el pasto estaba lleno de orín de perro y de enfermedades, y me levanté enseguida, porque sentí que las enfermedades estaban trepando por mi espalda.

Detrás de los baños encontramos una casita llamada: TRA-VE-LERS ST-OP. Mamá y yo entramos y recorrimos el pasillito apretado de los suvenires. La tienda era pequeña y olía a carne y a canela, y había que hacerse a un lado para dejar que los demás adultos pasaran. En una esquina encontramos un estante giratorio con muchos mapas de papel grueso, que parecieron interesarle mucho a mamá. Se puso a hojearlos, y yo me quedé mirando los suvenires, que estaban feos: unos imanes con forma de bota que decían HOWDY. Igual me dieron ganas de llevarme uno. Pero mamá dijo que no, porque ahora no teníamos dónde ponerlo. Cogí entonces una bolsa de gomitas para más tarde. Mamá se llevó el mapa grande y el más colorido, y nos pusimos en la fila mientras los otros terminaban de pagar. Junto a la caja había unos muñequitos fosforescentes de plástico, que hacían un chillido agudo cuando los aplastabas. Mamá, ¿me compras este? No. ¿Y qué tal este? No. Mamá sacó unos billetes del sobre que ponía RENTA y se los pasó al cajero. Yo cogí el muñequito amarillo y lo apreté para que se le salieran los ojos, pero ella me obligó a dejarlo.

Caminamos de vuelta al coche. Mamá no me dio la mano porque el trayecto era corto, así que corrí el último tramo, y vi una camioneta guinda que se estacionaba junto a nosotras, y que de ella se bajaban un padre, una madre y tres hijos (uno de ellos de mi estatura), y que los hijos se parecían más a la madre que al padre y me pregunté por qué. Le pregunté a mamá por qué los hijos se parecían más a la madre que al padre y mamá preguntó: ¿Qué hijos?, y sacó una camiseta de la maleta y me pidió que levantara los brazos y yo los levanté, y observé al chico de mi estatura, pero él no me vio porque el más alto le había quitado la pelota que traía en las manos, y el de mi estatura se puso a perseguirlo. Mamá dijo que era descuidada, que mi ropa nunca duraba limpia. Me subió la camiseta y la tela de corazoncitos me bloqueó la vista, y escuché mi voz de cerca y mi respiración, y pensé que Mark se parecía a Susan, pero yo era más como papá, y mamá forcejeó con la camiseta, pero el cuello se me había atorado en las orejas, y pensé que parecerme a papá estaba bien, y mamá gritó: ¡Carajo!, y la camiseta por fin salió y el mundo regresó a su lugar.

Extendimos el mapa sobre el capote del coche. El dedo recorría todas las líneas, y le pregunté si estábamos perdidas, pero ella me respondió que no. Yo pensé que sí pero no quería aceptarlo, porque a ella le gustaba siempre tener la razón. Nos subimos al auto y mamá encendió al máximo el aire acondicionado. El coche avanzó de reversa y vi al chico de mi estatura correr de vuelta al estacionamiento, por fin se había dado cuenta de que yo era el amor de su vida, pero era demasiado tarde porque ya nunca volveríamos a vernos. Así que me despedí apoyando la palma de la mano en el vidrio, y él miró hacia nuestro coche y por fin nuestros ojos se encontraron. Adiós. El calor del coche me arrullaba, me protegía. Los ojos se me cerraron escuchando el sonido lejano de las clicadas en los árboles, que eran grillos que cantaban, porque si no, no iban a encontrar con quién tener hijos.

De repente estaba en la alberca. El agua tenía destellos brillantes como de diamantina. Pataleaba duro, quería llegar a la otra orilla, pero chocaba con Nina, que traía puestos todos los collares de cuentitas de Alba. Su cara estaba llena de gotas y no supe si lloraba o si solo estaba mojada y eso me puso muy triste. Susan estaba desnuda, tendida sobre una toalla tomando el sol. Mark gateaba sobre el piso húmedo y a mí me preocupó mucho que se raspara las rodillas y se le pegaran los hongos, así que salí de la piscina y lo recogí, pero de repente empezó a inflarse como un globo, se volvió liviano y comenzó a subir, hasta que se perdió en el cielo. Come back!, grité, y mi grito hizo eco en la alberca y de repente me di cuenta de que mi grito no era mío, sino el de mamá del otro lado de la malla que protegía la alberca. Come back!, gritó. Llevaba un megáfono rojo y era más morena que de costumbre. Sonó un silbato. De pronto recordé que era la competencia de natación y me zambullí en la alberca y nadé con todas mis fuerzas. Llegué en último lugar. Cuando salí ya era de noche y todos se habían ido. El único que me había esperado era Mark, que ahora era un hombre con bigote sentado en un Ferrari. Y sobre el Ferrari, un pájaro negro, que empezó a golpear el parabrisas con su pico: tic-tac. Su pico duro contra el metal. Tic-tac. El pájaro insistía tanto que empezó a borrarse todo lo demás.

Me restregué los ojos, y al abrirlos vi que nos estábamos orillando. Mamá había puesto las señales intermitentes: tic-tac. Unas luces azules y rojas iluminaron el interior del coche y mamá masculló: Fuck, y yo repetí: Fuck fuck, y ella dijo que no debía decir groserías. Volteé y vi una patrulla detrás de nosotras, y me pregunté si habíamos roto alguna regla. ¿Qué regla rompimos?, le pregunté. Mamá respondió que ninguna. Sonó la sirena y vi que las manos le temblaban, y se puso a rezar. Mamá solo rezaba cuando estaba nerviosa y decía cosas como dios mío, protégeme, o por favor que no sea uno de esos malditos. Yo también rezaba a veces, como Alba me había enseñado, cuando estaban armando los equipos de dodgeball en el recreo, para que no me escogieran última.

Mamá apagó el coche y yo sentí que me rugían las tripas. Le pregunté dónde estaba la bolsa de gomitas que habíamos comprado. Ella abrió la guantera y sacó su licencia de conducir, y yo encontré las gomitas junto a mi asiento y me comí las azules, pero nunca las amarillas, porque esas sabían a plátano y el plátano no me gusta. El policía bajó de su patrulla. Lo vi caminar hasta nuestro coche y decir algo por el radio. Sentí que estábamos en una película de acción, y esta vez nos había tocado ser las malas, y a él, el bueno, y ni modo, no se podía ser los buenos siempre. Ni modo, le dije a mamá.

El policía tocó la ventana con los nudillos y mamá giró rápido la manija y luego puso ambas manos sobre el volante. El policía pidió licence and registration, mirando a mamá por encima de sus lentes, y ella le entregó los documentos, y devolvió las manos al volante. Él revisó las tarjetas y miró hacia dentro del auto. Me observó con detenimiento y también a mamá. Yo metí la mano en la bolsa y me di cuenta de que se habían acabado las gomitas azules, solo quedaban amarillas y verdes. Is this your mother?, me preguntó el policía, recargándose sobre la orilla de la ventana. Yes, I am her mother, respondió ella. I'm asking her, dijo él, señalándome, y de repente me sentí nerviosa, como cuando me llamaban al frente del salón para resolver algún ejercicio. Is this your mother?, repitió. Volteé a ver a mamá y el policía dijo: Look at me, y pensé que esa respuesta sí me la sabía, pero me daba miedo equivocarme. Is-this-your-mom?, me regañó. Yes.

El policía le pidió ver mis papeles y ella le avisó que iba a tomarlos de su bolso. Él apoyó las manos sobre su pistola y dejó de gustarme estar en la película de acción, quise que se acabara. Mamá le entregó mi pasaporte. El policía se quitó los lentes, arrugó la frente y torció los labios, y luego caminó de vuelta a su patrulla. Volteé y lo vi andar despacio, como si él no quisiera que la película se acabara. Los coches nos rebasaban y hacían mucho ruido, un tráiler pasó a nuestro lado e hizo que el coche se balanceara como si fuera un bote.

Mamá seguía apretando el volante. Recordé que papá ponía música cuando no la estábamos pasando tan bien, como la vez que habíamos ido a la feria y tuvimos que irnos porque había empezado a llover. ¿Podemos escuchar música?, pregunté. No. Volteé y vi al policía sentado en el asiento del conductor, pero no alcancé a ver lo que hacía. Tarareé la canción que había escuchado en el radio que decía love me baby, moví los dedos sobre los muslos y pensé que tal vez quería ser pianista, porque quería subirme a un escenario y tocar para miles de personas, y pintarme los párpados de plateado. Pero yo ya sabía que ser pianista no era lo mismo que ser artista, me lo había dicho Susan, los artistas tomaban drogas y luego iban a la corte y perdían todo su dinero.

Vi al policía caminar de vuelta a nosotras: Where are you headed? Oh, we are just on a little vacation, a little weekend vacation, mintió mamá. El policía se quedó esperando, puso las manos sobre su cinturón y luego le regresó mi pasaporte y le dio dos golpecitos al auto. Mamá suspiró. Le dio las gracias, y yo no entendí qué era exactamente lo que estábamos agradeciendo. Next time an officer stops you, have your window already rolled down, nos dijo, y caminó de regreso a su patrulla.

Miré a mamá para ver si todo había acabado. La observé bien porque no sabía cómo sentirme, si debía aliviarme o preocuparme, pero ella evadió mi mirada, se incorporó a la carretera y empezó a conducir en silencio. Pensé que tal vez ese era un buen momento para contar un chiste, pero no se me vino ninguno. Nina siempre contaba los mejores chistes, y Alba se reía, y yo nunca me acordaba de por qué Pepito había puesto el oso de peluche en la nevera.

Anduvimos unas millas en silencio y más adelante vi unos pedazos de llanta negra a un costado de la carretera y luego un armadillo muerto, con los ojos muy negros y la boca entreabierta. Mamá empezó llorar. Lloró por el armadillo y se limpió las lágrimas con la punta de los dedos y yo también lloré. Pobrecito, ¿verdad? ¿Quién? Los hombros de mamá se agitaron. Y luego me dijo: Ya pasó, tranquila. Y yo pensé que el armadillo había pasado, pero todavía podía ver la imagen de sus patitas tiesas, y pensé que tal vez me iba a costar mucho trabajo olvidarla.

El fin del verano · Almadía, 2026